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lunes, 10 de diciembre de 2012

Vacaciones de Verano (I)

Ya, ya sé que estamos acercándonos al invierno, pero por eso mismo quiero compartir con vosotros esta pequeña historia que transcurría todos los veranos. Esta semana os dejo la primera parte.

Vacaciones de Verano (I)

Recuerdo con nostalgia, cuando de pequeño se acercaba la época de las vacaciones de verano. Un par de semanas antes de terminar el colegio ya estaba pensando en ellas, y un cosquilleo en la boca del estómago hacia que no pudiese conciliar bien el sueño. Mis vacaciones eran las más especiales del mundo. Especiales no sólo por el lugar al que íbamos y por lo que allí hacíamos, si no también por el emocionante viaje con el que empezaban. Yo siempre presumía ante mis amigos, que mi viaje era el más largo de toda la clase.

Al día siguiente de terminar el colegio,  nos íbamos, y recuerdo a mi madre pasarse todo el día poniendo lavadoras, tendiendo ropa y planchando, con una vieja plancha de acero. Podía pasarme horas viéndola allí, con aquel aroma entre a limpio y lavanda que nos acompañaría todo el mes. Mientras tanto mi padre dejaba preparada su vieja maleta, de color gris oscuro y tamaño familiar. Allí meteríamos la ropa de los tres para un mes de vacaciones: la de mi padre, la de mi hermano y la mía. Era mágico el momento en el que mi padre metía y metía cosas dentro y por muy llena que la maleta estuviese, siempre cabía algo más.

Por la tarde, nos daban un buen baño, ropa limpia, y a cenar. Llegado el momento nos despedíamos de mamá y nos íbamos andando camino de la estación. “¡Fíjate, ya es casi de noche!”, le decía a mi hermano sin casi poder contener la emoción. Cuando la luz del faro del tren expreso, procedente de San Juan de Nieva, hacía su aparición a lo lejos, pensaba que el corazón se me iba a salir por la boca. Detrás del faro aparecía la vieja pero compacta y robusta locomotora, de color verde y amarillo, con su resoplar metálico, tirando con fuerza de una corta serie de vagones, que sabíamos más adelante se haría inmensa. El coche litera, el coche restaurante, el coche de primera, y el coche turista: “¡El nuestro!”. Creo que hasta mi padre se ponía nervioso para subir.

Al entrar en el vagón, un estrecho pasillo al lado derecho y en el izquierdo las puertas de los compartimentos. “¡Aquí, aquí papá!” decía mi hermano. “¡Este es el que nos toca!”. Los compartimentos con sus ocho asientos de escay azul, tenían las paredes forradas de madera, con algunas fotografías en blanco y negro de lo que yo suponía eran ciudades por las que pasaríamos. “¿Nos ha tocado ventana?”, preguntaba yo. Que nos tocase ventana era muy importante no sólo porque nos permitiría ver las distintas, sino porque bajo la ventana había colocadas estratégicamente dos mesitas plegables, sobre las que poder jugar y, llegado el caso, dormir si el compartimento iba muy lleno.

Una vez acomodados el tren iniciaba su marcha puntualmente a las diez de la noche. La primera parada sería en la estación de Oviedo, donde enlazaríamos con el expreso procedente de Gijón, formando, ahora sí, una sucesión infinita de vagones. Luego la subida al puerto Pajares, y aunque mi hermano y yo teníamos la secreta esperanza de permanecer despiertos, para por fin saber el número de estaciones por las que pasábamos, siempre nos despertábamos sobresaltados con las voces de un hombre que se desgañitaba a vender bocadillos, cervezas y coca-colas. ¡Habíamos llegado a la estación de León! ¡Eran las dos de la madrugada y nosotros estábamos despiertos!.

Qué estación más grande y deslumbrante la de León, y ¡ cuánta gente y de cuantos tipos diferentes!. “¡Fíjate, fíjate en aquel!. ¡Se ha bajado a comprar algo y como se descuide va a perder el tren!”. Nuestra inocencia no nos dejaba entrever que el hombre que vendía los bocadillos y las bebidas en el tren lo hacía a un precio bastante más caro que si te bajabas y comprabas algo en la cantina. Ya más tranquilos era cuando nos fijábamos que en el compartimento había un para de personas más, comiendo algún tentempié. Y cuando mirábamos a mi padre, le veíamos abriendo una bolsa donde mamá nos había dejado unos bocadillos de chorizo y un termo de agua.

Luego, el silbato del jefe de estación, la sirena del tren y de nuevo el lento resoplar de la pesada maquinaría. Pese a nuestros esfuerzos, poco a poco el traqueteo nos iba meciendo en un profundo sueño, y no era hasta llegar a Medina del Campo o Arévalo que la luz del amanecer nos despertaba. Y allí era donde yo realmente me quedaba fascinado, entre destemplado y dormi-despierto, viendo surgir una inmensa bola naranja de la lejanía de  interminables campos de girasoles. “¿Cuantas pipas sacarán de aquí?”

Al acercarse a la estación de Ávila, el tren aminoraba su marcha, y mi padre aprovechaba para tratar de peinarnos reflejados en el cristal de las fotografías en blanco y negro que adornaban el compartimento. ¡Y por fin habíamos llegado! “¿Cuántas horas de viaje llevamos, papá?”. “Nueve” nos respondía él. “¡Nueve horas!. Mis compañeros de clase no se lo van a creer. ¡Y todas de noche!”, pensaba yo emocionado. Pero el viaje todavía no había terminado

Angel 10/12/2012

martes, 15 de noviembre de 2011

Ya no he vuelto a fumar



Como os decía, han sacado unos cigarrillos con ignición disminuida para provocar menos incendios.  Al ver la noticia me he acordado de una historia de cuando yo era pequeño... si hubiéramos tenido esos cigarros "estratosféricos"... madre mía.


YA NO HE VUELTO A FUMAR

Ya hacía tiempo que mi hermano y yo andábamos detrás del abuelo para robarle un cigarrillo. Así podríamos jugar con los mayores, que siempre nos preguntaban si sabíamos fumar, antes de dejarnos ir con ellos.

Pero quitarle un cigarrillo al abuelo no era fácil, y además había que encontrar un lugar seguro donde fumarlo. Salíamos corriendo de la escuela y no parábamos hasta llegar a casa. Lanzábamos nuestras carteras por los aires, dejando la entrada llena de libros, hojas y libretas desparramados por el suelo. Pero cuando entrábamos en la cocina, el abuelo ya estaba allí, tomando su café y fumando; el paquete de tabaco y las cerillas encima de la mesa.

Nos estábamos muy quietos, mirándole, mientras él, una vez apuraba su cigarrillo, salía de la cocina olvidando el tabaco y las cerillas, no sin mirarnos antes con cierto aire de sospecha. Y mientras nosotros dudábamos, aparecía la abuela, y con cara de pocos amigos recogía la mesa.
- Tenemos que atrevernos ya – le decía a mi hermano cuando la abuela no nos oía.
- Mañana antes de que la abuela venga, vas y la entretienes – me respondía él.

Al día siguiente, cuando el abuelo se fue, salí de la cocina con él, y al cruzarme con la abuela le pregunté si habían terminado las obras de la plaza, que ya llevaban un tiempo acabando de arreglar las aceras para que los niños pudiesen jugar. Ella me respondió con un “quéseyo”, y entró en la cocina. Cuando regresó, mi hermano venía con ella y un aire triunfal en los ojos.

Al acabar la merienda fuimos a ver como había quedado la plaza. La acera era mucho más ancha y teníamos más sitio para jugar. En una esquina, habían dejado olvidada una caja de cartón que me sacaba al menos dos cabezas. Sin pensarlo, pusimos la caja boca abajo y como si fuese una cabaña, nos metimos dentro. Mi hermano sacó el cigarrillo y un par de cerillas del bolsillo de su chaqueta.
-         ¡Ten mucho cuidado! – le dije. – ¡No nos vayamos a quedar sin cerillas!

Encendió la primera cerilla raspándola contra el suelo, y se le apagó. Un poco más nervioso, sacó la segunda, y tras unos instantes de duda, la encendió, se colocó el cigarrillo en la boca, lo acerco a la llama y comenzó a chupar como hacía el abuelo, mientras el humo llenaba la caja y él no paraba de toser.
-         ¡Pásamelo, pásamelo!. ¡Déjame a mí, no se vaya a apagar! – le decía yo, mientras él seguía tosiendo.

En cuanto di la primera calada un sabor asqueroso, como a piedras con arena, me lleno la boca, y al tragar el humo un tremendo picor en la garganta me hizo toser casi más que mi hermano, que parecía a punto de estallar.

Así entre calada y calada, risas, nervios, toses y mareos, yo me preguntaba si había merecido la pena aquel esfuerzo y pensaba que quizá ir con los mayores no fuese tan importante. En estas estábamos cuando alguien levantó la caja y nos dijo:
-         ¡Pero muchachos!. ¿Qué hacéis ahí dentro?.-

Me pareció que no había pasado ni un minuto, cuando el abuelo llegó a la plaza y nos llevó a casa arrastrándonos de las orejas, mientras nos gritaba que a quien se le ocurría fumar, que era malísimo y que no había visto a un par de tontos más tontos que nosotros. Entre jipido y jipido yo le replicaba que él también fumaba, no entendiendo muy bien por qué nos llamaba tontos.

A la semana siguiente, fue mi cumpleaños, y me regalaron un cartón de tabaco y una caja de cerillas. Desde entonces ya no he vuelto a fumar, y creo que mi hermano tampoco.

jueves, 6 de mayo de 2010

Los abuelos son importantes

Esta semana, en el colegio de mis hijos, y probablemente en muchos de los colegios de España se ha celebrado el día de los abuelos.

Es un día en el que los abuelos acuden al colegio, y los niños les cantan canciones y hacen alguna actividad. Luego dependiendo de los sitios, suelen tomarse un desayuno. A mi entender se pretenden dos objetivos: homenajear a los abuelos y que los niños comprendan, entiendan y compartan el respeto por nuestros mayores.

En muchas ocasiones, si no fuese por los abuelos, los ajetreados padres y madres estaríamos perdidos.

Hacen de enfermeros y nos cuidan los críos cuando se ponen malos. Y claro esto es la mayor parte del invierno, porque con lo que madrugan los pobres y el frío que hace se pasan con los velones medio curso.

Nos sacan en más de una ocasion de un apuro y llevan y traen a los niños del colegio. Y es que no sé quién, en ocasiones me crea un sentimiento de cariño, si el niño con el mochilón que los llevan que parece que vayan a estar allí un mes, o el abuelo o abuela con cinco peques que ha ido recolectando, vigilando que no se le escape ninguno.

Observadlo y ya veréis. Quizás porque ellos ya nos han criado a nosotros, tienen una capacidad enorme de querer a sus nietos, y eso se puede ver en la ternura con que un abuelo habla a su nieto, pero sobre todo se refleja en las miradas y sonrisas que los nietos dedican a los abuelos .

Para mí, los abuelos son importantes y hacen una labor importante no solo en el ámbito familiar, sino también para la sociedad. Estoy seguro que en el ámbito familiar esa labor compensa, pero quizás en el ámbito social alguien debería pensar en compensarles.

Abuelos, gracias por estar ahí.