jueves, 13 de diciembre de 2012

Bochorno adolescente


Bueno, pues como os prometí la semana pasada, el micro-relato de esta semana es un poco diferente a la línea que venía siguiendo. Espero que os guste.

Bochorno adolescente.
“¡Con cuidado para que no se les caigan los alfileres!”. Así fue como el sastre, de aires amanerados, le dijo a mi prima Puri que se probase el vestido de novia. Pese a mis protestas, mi madre me había obligado a soportar aquel bochornoso espectáculo. “No tengo con quién dejarte”, me había dicho. ¡Ni que fuera tan pequeño!. Tras toda la tarde allí sentado, pensando qué decir a mis amigos, fue cuando a mi prima Puri se le cayeron los alfileres, y yo, entre avergonzado y sorprendido, pude ver por fin mi primer par de tetas, mientras mi madre trataba de taparme los ojos.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Vacaciones de Verano (I)

Ya, ya sé que estamos acercándonos al invierno, pero por eso mismo quiero compartir con vosotros esta pequeña historia que transcurría todos los veranos. Esta semana os dejo la primera parte.

Vacaciones de Verano (I)

Recuerdo con nostalgia, cuando de pequeño se acercaba la época de las vacaciones de verano. Un par de semanas antes de terminar el colegio ya estaba pensando en ellas, y un cosquilleo en la boca del estómago hacia que no pudiese conciliar bien el sueño. Mis vacaciones eran las más especiales del mundo. Especiales no sólo por el lugar al que íbamos y por lo que allí hacíamos, si no también por el emocionante viaje con el que empezaban. Yo siempre presumía ante mis amigos, que mi viaje era el más largo de toda la clase.

Al día siguiente de terminar el colegio,  nos íbamos, y recuerdo a mi madre pasarse todo el día poniendo lavadoras, tendiendo ropa y planchando, con una vieja plancha de acero. Podía pasarme horas viéndola allí, con aquel aroma entre a limpio y lavanda que nos acompañaría todo el mes. Mientras tanto mi padre dejaba preparada su vieja maleta, de color gris oscuro y tamaño familiar. Allí meteríamos la ropa de los tres para un mes de vacaciones: la de mi padre, la de mi hermano y la mía. Era mágico el momento en el que mi padre metía y metía cosas dentro y por muy llena que la maleta estuviese, siempre cabía algo más.

Por la tarde, nos daban un buen baño, ropa limpia, y a cenar. Llegado el momento nos despedíamos de mamá y nos íbamos andando camino de la estación. “¡Fíjate, ya es casi de noche!”, le decía a mi hermano sin casi poder contener la emoción. Cuando la luz del faro del tren expreso, procedente de San Juan de Nieva, hacía su aparición a lo lejos, pensaba que el corazón se me iba a salir por la boca. Detrás del faro aparecía la vieja pero compacta y robusta locomotora, de color verde y amarillo, con su resoplar metálico, tirando con fuerza de una corta serie de vagones, que sabíamos más adelante se haría inmensa. El coche litera, el coche restaurante, el coche de primera, y el coche turista: “¡El nuestro!”. Creo que hasta mi padre se ponía nervioso para subir.

Al entrar en el vagón, un estrecho pasillo al lado derecho y en el izquierdo las puertas de los compartimentos. “¡Aquí, aquí papá!” decía mi hermano. “¡Este es el que nos toca!”. Los compartimentos con sus ocho asientos de escay azul, tenían las paredes forradas de madera, con algunas fotografías en blanco y negro de lo que yo suponía eran ciudades por las que pasaríamos. “¿Nos ha tocado ventana?”, preguntaba yo. Que nos tocase ventana era muy importante no sólo porque nos permitiría ver las distintas, sino porque bajo la ventana había colocadas estratégicamente dos mesitas plegables, sobre las que poder jugar y, llegado el caso, dormir si el compartimento iba muy lleno.

Una vez acomodados el tren iniciaba su marcha puntualmente a las diez de la noche. La primera parada sería en la estación de Oviedo, donde enlazaríamos con el expreso procedente de Gijón, formando, ahora sí, una sucesión infinita de vagones. Luego la subida al puerto Pajares, y aunque mi hermano y yo teníamos la secreta esperanza de permanecer despiertos, para por fin saber el número de estaciones por las que pasábamos, siempre nos despertábamos sobresaltados con las voces de un hombre que se desgañitaba a vender bocadillos, cervezas y coca-colas. ¡Habíamos llegado a la estación de León! ¡Eran las dos de la madrugada y nosotros estábamos despiertos!.

Qué estación más grande y deslumbrante la de León, y ¡ cuánta gente y de cuantos tipos diferentes!. “¡Fíjate, fíjate en aquel!. ¡Se ha bajado a comprar algo y como se descuide va a perder el tren!”. Nuestra inocencia no nos dejaba entrever que el hombre que vendía los bocadillos y las bebidas en el tren lo hacía a un precio bastante más caro que si te bajabas y comprabas algo en la cantina. Ya más tranquilos era cuando nos fijábamos que en el compartimento había un para de personas más, comiendo algún tentempié. Y cuando mirábamos a mi padre, le veíamos abriendo una bolsa donde mamá nos había dejado unos bocadillos de chorizo y un termo de agua.

Luego, el silbato del jefe de estación, la sirena del tren y de nuevo el lento resoplar de la pesada maquinaría. Pese a nuestros esfuerzos, poco a poco el traqueteo nos iba meciendo en un profundo sueño, y no era hasta llegar a Medina del Campo o Arévalo que la luz del amanecer nos despertaba. Y allí era donde yo realmente me quedaba fascinado, entre destemplado y dormi-despierto, viendo surgir una inmensa bola naranja de la lejanía de  interminables campos de girasoles. “¿Cuantas pipas sacarán de aquí?”

Al acercarse a la estación de Ávila, el tren aminoraba su marcha, y mi padre aprovechaba para tratar de peinarnos reflejados en el cristal de las fotografías en blanco y negro que adornaban el compartimento. ¡Y por fin habíamos llegado! “¿Cuántas horas de viaje llevamos, papá?”. “Nueve” nos respondía él. “¡Nueve horas!. Mis compañeros de clase no se lo van a creer. ¡Y todas de noche!”, pensaba yo emocionado. Pero el viaje todavía no había terminado

Angel 10/12/2012

jueves, 6 de diciembre de 2012

Miedo

El micro-relato de esta semana sigue en la tónica oscura y catastrofista que me está saliendo ultimamente . Prometo algo diferente la próxima vez.

MIEDO

“Antes de que vuelva papá tenemos que haberlo recogido todo”, dije a mi hermano apresuradamente. Si no papá se enfadaría. “¡Corre, ves echando dentro del baúl!”. Cuando papá entró en la habitación todo estaba ordenado. Sólo la pistola y el teléfono de policía asomaban bajo  la cama. “Lo siento”, dije mientras trataba de alcanzarlos. De un empujón, él me apartó, y yo solo pude coger el móvil. Entonces, pistola en mano, quiso hacer su maldita broma. Pero esta vez un estruendoso sonido se oyó en la habitación.  Mientras llamaba al 112, tranquilizaba a mi hermano diciéndole que ahora viviríamos mejor.

sábado, 24 de noviembre de 2012

Separaciones

Déjala a ella que sea pájaro y conviértete en el aire que sustente su libertad. Déjala a ella que sea león y conviértete en la tierra en la que crezca su espíritu. Déjala a ella que sea delfín y conviértete en el mar en el que navegue su vida. Déjala a ella ser, porque solo siendo se aprende a vivir, y solo viviendo se aprende a ser. “Papá ¿estás enfadado?”. ¿Enfadado? No. Sorprendido de no saber dónde estaba yo mientras ella estaba creciendo. Y al darle un abrazo cariñoso, mirando la foto de su madre, me preguntaba qué otras cosas me habría perdido.

sábado, 17 de noviembre de 2012

El Misterio de la Casa

Dado que este espacio está dedicado a compartir con vosotros las cosas que nos ocurren, aquí os dejo la primera historia que Alvarito, ha escrito con ocho años.  Le hemos pedido permiso y muy responsable nos ha dejado colgarlo.


EL MISTERIO DE LA CASA

Érase una vez unos niños que no encontraban a su abuelo. Miraban y miraban pero no lo encontraban, y encontraron un pasadizo secreto, pero no podían ir porque su madre les estaba llamando. Cuando se fueran a dormir irían. Cogieron la linterna y se fueron con una pistola de su padre. Se encontraron con ogros, bichos venenosos y muchas cosas más.

Cuando llegaron al final del pasadizo había una puerta y no les dejaba pasar hasta que descifraron su código. Cuando lo destrizaron se encontraron una cabaña- Dentro de la cabaña se encontraron una llave, pero no sabían para que servía. Se encontraron un árbol y había una ranura. Metieron la llave y había una especie de tobogán y acabaron en un jardín que no conocían.

Y allí estaba el abuelo, con su perro, leyendo un periódico, sentado en una silla de madera, y los niños se alegraron de verle y le dieron un beso


Alvaro
Octubre 2012

ODIO

Odio, es un segundo micro-relato que comienza igual de traición. Fue una idea que me pasó por la cabeza y que no he podido evitar publicar.

ODIO

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto. Era la señal: el vil y cobarde asesino está al acecho en la oscuridad de la noche. Su método: el despreciable tiro en la nuca. “¡Hijo de puta! No te saldrás con la tuya”. La víctima salió del coche. Sentí su miedo desde la distancia, y pude escuchar la respiración acelerada del asesino. Pensé en la familia del hombre, sus hijos, su esposa. Cargué el arma, me acerqué a él y con un rápido movimiento le encañoné: “no te muevas hijo de puta”. Lloré al ver como apenas un niño, me traspasaba con una mirada de profundo odio

TRAICIÓN

Sus labios perfilados se contraen para dejar escapar un silbido corto. La obscuridad de la noche apenas me permitía distinguirla. Creí ver su silueta deslizándose hacia la sala de las obras más valiosas. Con cada latido, mi respiración se entrecortaba, mientras contaba hasta treinta. Sentía como mis manos temblaban cuando llegó el momento. Pulsé el botón y nada ocurrió. Iba a pulsarlo con más fuerza, cuando me sobresaltó el estruendo de unas sirenas y el deslumbramiento de unos focos mientras alguien gritaba que levantase las manos. Allí estaba ella, mirándome con una sonrisa de triunfo en su rostro: tan hermoso y atractivo su cuerpo, como despreciable y traicionera su alma.